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Capítulo 13: Los límites del amor

Ahora todo era cuestión de tiempo, solo podía seguir con lo planeado para que Campo de los Nabules saliera adelante y continuar haciendo que Doroievski creyera que nos tenía contra las cuerdas.

Habían pasado un par de semanas desde aquella comida con Raúl y su mujer y el proyecto seguía viento en popa. Habíamos conseguido cerrar contratos con varias empresas de restauración de chefs de renombre que darían vida a los siete restaurantes del resort y estaban trabajando en el diseño de los espacios y la carta. Por su parte, Damián había puesto en marcha el departamento de reservas que operaba desde nuestras oficinas en el centro de la ciudad y, pese a que aún faltaban casi seis meses para la inauguración, ya había gente intentando reservar para el verano siguiente. El plan de marketing era todo un éxito, estábamos en televisiones nacionales y se hablaba de nosotros en los círculos más influyentes de Europa, Oriente Medio y América. En redes sociales las publicaciones sobre nuestro proyecto acumulaban miles de likes y Lidia negociaba con los influencers más importantes del mundo para que fueran parte de nuestro proyecto como colaboradores. Todo estaba saliendo a pedir de boca y eso hacía que alguna gente se sintiera incómoda, pero no había dejado ningún cabo sin atar y me había asegurado de que a nadie le conviniera una mala relación con nuestra empresa, ni siquiera a Doroievski.

Desde que conté en la televisión local el problema que había tenido Carmen, nuestra relación se había fortalecido. Ella se mostraba más optimista y decidida a luchar por demostrar su inocencia e incluso había empezado a trabajar desde casa en pequeños proyectos que la mantuvieran entretenida. Tenía reuniones casi a diario con Román Sánchez y la vista preliminar donde se presentaría el caso a la fiscalía para comenzar la investigación estaba a la vuelta de la esquina.

Igor había dejado los cabos bien atados y, ni siquiera un experto en grafología podía certificar que aquellas firmas fueran falsas, además, los documentos que se habían firmado de forma electrónica habían salido del ordenador de Carmen. La defensa iba a ser complicada, por no decir imposible y cada vez tenía más claro que la única salida a todo esto era que el ruso retirara los cargos o confesara haberlo diseñado todo para inculparla a ella.

La presión y el exceso de trabajo me tenían agotado así que, aquel viernes de principios de Octubre decidí volver a casa para comer y escaparnos a la tarde a algún lugar donde desconectar un poco durante el fin de semana. Carmen había estado mirando sitios con encanto que pudiéramos visitar y había encontrado un pequeño refugio en plena Serranía de Ronda en donde aislarnos del mundo y dedicarnos a disfrutar el uno del otro y, en cuanto reposamos el almuerzo, cogimos el coche, dejamos a Dobby con nuestros vecinos y nos fuimos.

Encontrar el lugar fue algo complicado por lo remota que era su ubicación; después de casi una hora por carreteras de montaña, tomamos un camino de tierra que nos llevó hasta la puerta de aquel pequeño pero impresionante hotel. Era una construcción de paredes de piedra de estilo rústico que se intuía que en algún momento fue una cortijada. Se podían distinguir dos alas y una nave central coronada por una cúpula redondeada de cristal que rompía con la imagen tradicional del resto del edificio. A uno de los lados discurría el rio Genal por un lecho natural de piedras redondeadas y raíces de árboles y se perdía entre la arboleda que rodeaba aquel enclave. Al entrar una pequeña recepción con un par de sofás y una chimenea daba la bienvenida al visitante y dos escalinatas de piedra subían desde ambos lados del mostrador. Una chica con un impecable uniforme blanco nos saludó y, después de hacer el check-in, nos acompañó a la habitación. Nada más entrar allí, Carmen y yo nos lanzamos una mirada que mezclaba complicidad y sorpresa. Se accedía a la suite por un pequeño pasillo con una iluminación tenue daba paso a una estancia de planta redonda, completamente diáfana y coronada por una impresionante bóveda de cristal bajo la cual se encontraba una enorme bañera de hidromasaje. A un lado había una cama de matrimonio de forja vestida con mantas de lana gruesa y, de frente a esta, un tocador con dos lavabos y una ventana panorámica con vistas al monte. Era idílico.

Capítulo 12: Sin opciones

La paradoja de Epicuro juega con la idea de que el bien y el mal coexisten porque tiene que ser así. Dentro de cada ser humano se libra a diario una batalla constante en la que se decide cual de las dos fuerzas va a guiar cada uno de nuestros movimientos y, por pura inercia, yo siempre dejaba que una jugara con ventaja. A veces la mejor manera de obrar bien es dejando que te mueva el mal, olvidándote de cada sentimiento positivo que la situación te provoque y actuando a sabiendas de que estás siendo cruel con alguien. Ahora era el momento de enfundarse el traje gris y no dejarse amedrentar por nadie, de actuar con contundencia y hacer ver a quien corresponda que mi lucha por salir del lodo sigue adelante y que no me voy a rendir hasta que no me quede más remedio. Doroievski sabía que tenía un plan que incluía saldar mi deuda con él pero que, si no me dejaba llevarlo a cabo, no le iba a poner fácil la tarea de hundirme porque, si pierdo a Carmen, lo habré perdido todo y, cuando uno ya no tiene nada que perder se convierte en una explosión para la que no puedes prepararte y que, aunque no te destruya, te dejará daños que jamás vas a poder reparar.

La luz del sol de la mañana entraba en la habitación con la timidez que el otoño le provoca iluminando la silueta de su cuerpo a medio tapar, después de darme un par de minutos para terminar de despertarme, besé su hombro y deslicé mi boca por su cuello casi sin tocarlo para notar su olor una vez más sin despertarla. Salí de la cama medio embriagado por el perfecto aroma que premiaba cada uno de mis despertares y fui directo a la cocina a preparar café. Dobby, como siempre esperaba junto a la puerta de nuestro dormitorio para darnos los buenos días y que le diéramos su snack matutino.

Me senté en el sofá, el pequeño bretón se acurrucó junto a mí y dejamos que la mañana fuera pasando hasta que llegó la hora de ir a trabajar. Aquel día me sentía despejado, todo estaba saliendo a pedir de boca y solo quería seguir esforzándome hasta que todo lo que le había hecho a la mujer de mi vida quedara en un recuerdo de esos que te anudan la garganta cuando vuelven pero de los que solo se puede aprender y no preocuparse.

El tiempo seguía pasando y Campo de los Nabules era ya una realidad que había llegado para cambiar el sector del turismo en la Costa del Sol. Había pasado una semana de la reunión con la delegación de turismo, tenía sobre mi mesa propuesta de colaboración del Ayuntamiento de Marbella y me extrañaba que Doroievski aún no hubiera respondido al mensaje que le envié con Vasíliev. Sabía que era cuestión de tiempo que recibiera la desagradable visita de los rusos pero estaba tranquilo, de momento tenía yo la sartén por el mango.

Al rededor de las dos de la tarde aún estaba de frente a la pantalla del ordenador repasando propuestas de colaboración de algunas empresas que, al ver la envergadura de nuestro proyecto, querían formar parte de él. El teléfono sonó, era Raúl, quería acompañarme en el almuerzo para hablar conmigo. Supuse que querría tratar algún asuntillo de trabajo que le estaba resultando más complicado de solventar o simplemente comentarme los últimos avances en su departamento. La verdad es que, para aquel entonces, Raúl se había convertido en mi persona de confianza, alguien de quien tirar cuando me bloqueaba y que siempre tenía una palabra de ánimo en el momento justo.

 

Capítulo 11: No me pidas perdón

Aquella tarde se había tornado oscura pese al brillante sol que coronaba el horizonte en la playa de La Bajadilla. El móvil no había dejado de sonar desde que salí de los estudios de televisión. La entrevista había salido según lo planeado y ahora toda Marbella quería formar parte del proyecto pero, aunque para la empresa todo iba viento en popa, había vuelto a fallarle a quien más quería y cada vez me costaba más perdonarme.

Carmen me esperaba sentada en una roca al final del muro de contención del puerto pesquero, justo cómo le pedí que hiciera. Llevaba un vestido de gasa que la brisa de la tarde movía sin mucho esfuerzo, su pelo suelto descansaba sobre su hombro derecho y los tonos anaranjados que sol lanza al esconderse dibujaban a su alrededor un aura brillante y colorida que daba a su figura un aspecto celestial que me congelaba el alma. Yo caminaba con los hombros caídos y la mirando al suelo. Me había aflojado la corbata y mi camisa estaba arrugada y mal metida por el pantalón, de mi mano izquierda colgaba una bolsa con algo de picoteo y un par de cervezas que había comprado para compartirlas con ella mientras nos relajábamos disfrutando del espectacular paisaje.

Me acerqué por detrás y acaricié su hombro, le besé en la mejilla, me miro con la sonrisa entrecortada y me abrazó.

– No se te ocurra pedirme perdón, – me susurro al oído- lo que has contado no era nada que tuviéramos porque ocultar.

Mi corazón se paró en aquel momento y el frescor del final de septiembre lo invadió todo. No se que he hecho para merecer a Carmen ni como lo haré para no perderla. Lo único que se seguro es que nunca encontraré a nadie como ella.

Al día siguiente todo seguía su curso y había que volver a la carga. Las obras avanzaban a buen ritmo y el proyecto de marketing seguía en marcha. Era viernes y, aunque la semana había sido dura, aún me quedaban una reunión con el ayuntamiento y una cena benéfica que no podía eludir.

A las 10 de la mañana, me encontraba tomando café en plena Plaza de los Naranjos haciendo tiempo hasta que los representantes de la Delegación de Turismo del Ayuntamiento de Marbella pudieran reunirse conmigo para hacer seguimiento a los procedimientos legales necesarios para la puesta en marcha de la actividad del resort y para establecer una vía de colaboración entre el propio ayuntamiento y Daluz S.L. con el fin de garantizar el éxito del proyecto […]


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¿Qué es “Todas las vidas que tengo”?

Hoy en día, la vida se ha vuelto un compendio entre cosas fáciles y cosas rápidas que hacen que nuestro todo se mueva por el principio del “todo, aquí y ahora”.  Esta prisa por saber que va a pasar después hace que no disfrutemos de la incertidumbre de cosas tan banales como una serie de televisión, un libro o un un disco. 

Por eso he creado esta novela en la que iré dosificando la historia para hacer que el placer de leerla dure más, además, esto me permite ir modificándola según las reacciones de quienes la leáis. 

Cada semana un nuevo capítulo, un trocito más de la vida de Arturo León que espero que leáis y dibujéis en vuestra mente como yo lo hago en la mía, con 7 días para imaginar que vendrá después.

Sobre mí

IMG_2656Me ha costado casi 32 años decidirme a publicar un relato largo y me ha empujado a ello el ansia de hacer algo grande. “Todas las vidas que tengo” nace para que de mis letras nazca el disfrute de quienes las leen y sin más ánimo que le dejar salir todo el arte que venido reprimiendo y que, a estas alturas, se antoja imposible de retener.

Saco estas letras de lo más profundo de mí, espero que sepáis guardarlas tan adentro como yo.



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